En el año 2004 tuve la oportunidad de participar en una expedición que recorrió Mauritania desde su capital Nouakchott en la costa atlántica hasta la ciudad de Nema, muy cerca de la frontera con Mali. Miles de kilómetros a través del sahel africano. Lo peor del viaje, la pobreza y las carencias de sus habitantes, lo mejor la hospitalidad, las risas y los juegos de los niños y la dignidad en la mirada de sus gentes en un entorno que a priori parece creado para que solo sobrevivan las piedras y algunas acacias. Un viaje así te hace pensar mucho sobre lo que es realmente necesario y lo que no y también en todo lo que aquí, en nuestro mundo moderno parece haberse perdido para siempre.
Me traje además un cuaderno repleto de bocetos a lápiz y tinta que os iré mostrando en esta y en próximas entradas.
De los paisajes me quedo con la imagen de los afloramientos rocosos que se levantaban en medio del desierto. Hay algo en la roca que siempre me ha atraído poderosamente. Las de mauritania son de color rojizo, como el óxido de hierro, y sus formas redondeadas esculpidas por el viento y la arena son algo muy difícil de olvidar. Son además auténticas islas de vida en el desierto y atalayas desde las que observar un paisaje único y estremecedor. A aquellas rocas dedico esta entrada.



Todas las ilustraciones están realizadas a tinta sobre Papel caballo.